La Sangre Rociada

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“Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerrarociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” Hebreos 9:13, 14

La sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas sobre los inmundos (las personas que habían estado enfermas de lepra) tenían la capacidad (ritualmente) de declarar limpios a los que antes habían sido declarados inmundos.

Este rito sobre el inmundo, le devolvía el derecho a la comunión con el pueblo de Dios, por decirlo de otra manera, le recibían de vuelta en la convivencia con el pueblo que Dios había apartado para sí mismo.
Ahora, sobre nosotros no ha sido rociada sangre de toros o machos cabríos, sino la misma sangre del Hijo de Dios.
Esta sangre que ha sido rociada sobre nosotros (por el Espíritu Santo, que aplica la obra de Cristo sobre el creyente), ¿Qué ha hecho por nosotros? Ha hecho posible que delante de Dios seamos declarados:

1. Justificados, es decir declarados justos.

A) Porque esta sangre es la remisión de nuestros pecados, por lo tanto ya no se nos cuenta como pecadores delante de Dios sino como justos, porque hubo quien pagase por nuestros pecados.

B) Porque es la sangre del justo y a los ojos de Dios, soy reconocido por esa justicia que está sobre mí, como dice el profeta “…me rodeó de manto de justicia” (Isaías 61:10), ya no soy reconocido como el ofensor o el pecador delante de Dios sino el que ha sido justificado y se me declara justo.

2. Adoptados, es decir declarados hijos.

A) Porque es la sangre de Jesucristo el Hijo de Dios la que está sobre nosotros; Dios mira desde los cielos y reconoce la sangre de su propio Hijo Jesucristo, entonces me recibe como a su propio hijo, me adopta declarándome hijo de Dios, no me gané ese derecho por mis méritos pero por la obra de Cristo a mi favor (Juan 1:12). Dios nos da la bienvenida a la familia de Dios como hijos y no como a extranjeros o advenedizos.

B) Porque reconoce el aroma de sus hijos, para él somos grato olor de Cristo (2ª de Corintios 2:15). Es como cuando Jacob se presenta delante de su padre Isaac vistiendo las ropas de Esaú (el hijo amado), Isaac lo toca y se acerca para besarlo y le olfatea reconociendo el aroma de su hijo (Génesis 27:21-27). La sangre de Jesucristo hace posible que nuestra vida esté escondida en el Hijo amado (Colosenses 3:3) Por eso somos reconocidos como hijos.

3. Santificados, es decir declarados santos.

A) Porque la sangre de Jesucristo nos ha limpiado, lavado y purificado. Así como los utensilios que estaban destinados para el uso en el tabernáculo, fueron lavados para ser santificados o apartados para el servicio en el templo. De la misma manera nosotros por esta sangre rociada sobre nosotros, hemos sido apartados para el servicio a Dios.

Y era necesario que fuéramos declarados santos, es decir vasos limpios, para poder contener al Espíritu Santo, no éramos vasos dignos antes de que la obra de Cristo fuera tomada en cuenta a nuestro favor, pero ahora, como hemos sido declarados justos, hijos y santos, podemos recibir el don de Dios, que es su misma presencia en nosotros convirtiéndonos en templos vivos.

#JulioLoreto